Mi querido Querido: aunque mucho te he amado, todo tiene que terminar. Terminar como terminaste tú. Bañado en tu sangre fría, azul, príncipe mendigo. ¿Fueron días felices? No lo sé ¿Tú lo sabes? Ahora que yaces en ti mismo, sobre ti mismo ¿Tú lo sabes? Ven y dime, ¿Hay un más allá? ¿Hay un más acá? Tú que tanto te jactaste de tu ateismo, ¿Ahora crees en Dios? ¿En Dios? Espero que sí, pues siempre te tendré en mis oraciones. Recuerda que no lo hice con malicia, era necesario, como tú mismo me dijiste. Necesario terminar con tu ego, era demasiado para lo insignificante que eras. ¿Te amé? ¿Tú que crees? Te amé con todas mis entrañas, con cada parte de mi cuerpo, por eso lo hice. No soportaba que siguieras la lista siniestra, ese síntoma que siempre cargas encima, te estaba pudriendo, y yo, no quería carroña, quería-te con todo y con nada, pero no carroña; esa se la dejo a los buitres que siempre nunca te recordarán. ¿Recuerdas nuestro primer beso? Yo me estremezco cada vez que lo recuerdo. ¿Cuánto te amé? ¿Sabes cuánto? ¡Claro que no sabes cuánto! Siempre me viste como un trofeo más, como un pedazo de carne más, que deglutiste y que te sació, lo que te sobró lo lanzaste a la calle. ¿Cómo pudiste? ¿Cómo pudiste hacerme esto? ¿Hacernos esto? Te amé, sí, y no sabes cuánto. Por eso necesitaba ver, si aún corría sangre por ese duro corazón, que tantas veces me ofreciste y que yo acepté con locura. Me desintegraba en tus brazos, en tus labios, en el fuego de tu pecho. ¿Crees en Dios ahora? Ahora veo que no creíste en nada, ahora que eres nada, nadie. Cuando acariciabas mi cuerpo, cuando estabas en mí, yo veía a Dios, creía en Dios, creía en tus idioteces, tus idioteces del amor y la felicidad, en que era de ti y tú de mí. Cuánto te amaba ¿Y tú? ¿Me amabas? ¿Cuánto?
Necesitaba ver tu corazón y sentir si era humano, necesitaba probar tu sangre fría y azul, principesca, bañada en tu narcisismo. Ahora que ya no estas ¿Piensas en mí? Yo que ahora no estoy, pienso en ti. Créeme que escribo estas líneas con el rostro bañado en lágrimas y mi cuerpo clamándote, una vez más, tan solo una vez más, el ritmo de tus venas era para mí el sonido de una romanza, una que solo escribías para mí. Tú eras todo para mí, pero tu maldito síntoma que cargabas encima no te permitía entregarte, no te bastaba, tenías que regurgitarme. ¿Cuántas veces? No lo sé. Comer y regurgitar. Eras un bulímico de amor, un anoréxico de caricias. Lloré, lloré hasta secarme porque vi que tu sangre no era fría y azul como la de un príncipe reptil. Era roja y caliente como la mía, y lloré al ver tu tierno corazón dando sus últimos adioses. ¿Crees ahora en Dios? Yo siempre creí, pues al verte lo veía. Ahora que eres nada, mi Dios se ha ido y se ha llevado todo mi ser, mi sangre, mi vida, mi alma. Estúpidamente te besé hasta el cansancio para ver si resucitabas. Pero ahora veo que eras un mortal, jugando a ser Dios. ¡Mi Dios ha muerto! ¡Tú has muerto! ¿Qué me queda? Sólo me queda lo único que dejo en este ensangrentado papel, lo escribo con mi pluma de tinta verde, verde porque siempre pensé que al escribir en verde recordaba que lo último que se va es la esperanza, y es mentira, ahora lo veo, lo primero que se va es la esperanza.
Mi recuerdo para ti será un beso, en el rojo carmesí que tanto te gustaba verme, solo eso te dejo, porque solo eso me diste, solo eso te doy, un beso, un beso ausente, ausente de ti.
Quien te quiere, te recuerda y te ama.
viernes, 10 de abril de 2009
Silencio
Todos hablan, todos venden, todos se venden. De par en par. De lado a lado. De esquina a esquina. Del norte al sur. La palabra muere por sí misma. Se agota por cansancio, de estirarla demasiado, de acortarla en exceso. Todos quieren hablar, pero nadie escuchar, todos quieren que su decir sea el decir de todos. Escribir, es cuestión metódica, poner muchas letras juntas para que parezcan importantes. Todos escriben, vaya si no, nunca antes el más insignificante de los garabatos ha valido tanto plasmado en un pedazo de papel que se da de intercambio. Los amores se comparan con palabras, las palabras no más con amores. Todos hablan, pero nadie significa. Hablan, cual poseídos por algún mecanismo que les promociona algún tipo de soslayo a sus ideas. Ideas, que decir ideas, hoy por hoy las ideas cada vez son más escasas, abundan las repetidoras, abundan los significantes pero no los significados. Estamos tan alejados del hombre mismo que ya no entendemos sus símbolos. Nos llenamos de basuras las atesoramos y luego las vendemos como una obra de arte, si el mismo arte se ha convertido en una exposición, en hacer pasar lo jifero como bello. Las palabras cada vez se dicen más y valen menos, se aprecian menos, se venden más. Lo idiota pasa por discurso, el discurso pasa por ética. Los semblantes nos han carcomido el alma y se han instaurado en el lugar de la cosa, tapándola, dándonos nuestro pan de cada día.
Cuentan que Beethoven, gustaba de pasar largas horas en los cementerios. Cuando inquieto una de sus alumnas le cuestiono al respecto de esta curiosa conducta, el gran maestro la invitó a acompañarlo en uno de sus recorridos. Luego de haber tenido la experiencia de pasear por el cementerio en su compañía, El autor de la sonata Claro de Luna, interpeló a su acompañante y le dijo: “¿te das cuenta, ahora, de lo vital que es el silencio para el ser humano?”.
Cuentan que Beethoven, gustaba de pasar largas horas en los cementerios. Cuando inquieto una de sus alumnas le cuestiono al respecto de esta curiosa conducta, el gran maestro la invitó a acompañarlo en uno de sus recorridos. Luego de haber tenido la experiencia de pasear por el cementerio en su compañía, El autor de la sonata Claro de Luna, interpeló a su acompañante y le dijo: “¿te das cuenta, ahora, de lo vital que es el silencio para el ser humano?”.
Zapato
Me gusta ir por la calle con las cintas de los zapatos desamarradas, sé que podría golpearme, podría caer y hacerme daño. Lo hago con malicia, con cierta perversión, para ver si alguien, alguno de esos fantasmas que pueblan las calles de todas las grandes ciudades del mundo, y de las pequeñas también, se detenga un momento y me diga: “Oiga señor, lleva Ud. el Zapato desamarrado”. Y yo pueda contestarle: “¡Cielos, es cierto, gracias!”, o al menos que me digan: “Tarugo, amárrese el zapato o se va a romper el hocico”. Nunca me han dicho ni la primera, ni la segunda, a veces me he caído, es parte del juego, es parte de la vida, es parte del juego de la vida. Qué gracia tendría pues la vida si no la vemos como un juego, si la vivimos muy en serio nos quedará la sensación de que la vida no vale nada, y no vale nada porque no le hemos dado ningún valor. Al menos la cinta del zapato, nos da un sentido, se le desamarra para ver si hay alguien capaz de anudarlo, de formar ese lazo, de salir de su pequeña esfera, de alejarse de sí mismo y entrar en contacto con otro que le es ajeno, pero podría no serle. ¿Para qué andar por la vida con la cinta suelta? Para que llegue el día en que aunque sea el sepulturero, antes de meter mis restos en el hoyo del eterno descanso – al menos para mis huesos, o lo que quedará de ellos – tenga la gentileza de hacer un lacito, lo que en vida nadie hiciera. ¿Será que por eso la muerte es tan seductora? ¿Lo habrá aprendido de Ana O.? ¿Y Ud. por qué se amarra los zapatos todos los días?, déjeselos sueltos. ¿Y qué si no tienen cinta? Admito que eso esta un poco más difícil, pero siempre hay que encontrar la forma; sea perspicaz: póngaselos de diferente color, déjese la bragueta abierta, un puño mal abotonado un cuello volteado, yo que sé, tantas cosas para ver si alguien, se digna a “hacerle lazo”... y si llega el día, y sucede que se lo aprietan mucho, no me eche a mi la culpa, échesela al zapato.
Anales
Fue la primera vez que las tuvo frete a frente. Las observó fijamente, sin tregua a toda hora. Las tomó con fuerza, aunque las fue abriendo con la mayor delicadeza que podía, pues tenía claro que si lo hacia muy bruscamente hubiera causado daños irreparables. Eran blancas al inicio, se imaginaba, pero de tanto uso ya estaban un tanto arrugadas y fétidas. Aunque eso no le molestaba mucho, sí, pensó por un largo momento si las abría o no, si valía realmente la pena, al fin de cuentas ni le producían un especial placer. Tomó un profundo respiro, las tomó firmemente y las abrió de golpe. Como respuesta obtuvo un tufo mortal que salía de entre ellas. Parecería como si nadie las hubiera abierto nunca. “Si no fuera por que las necesito tanto” –pensaba para sí-. Apartó su nariz de aquel penetrante olor y sin pensarlo dos veces lo introdujo de un solo golpe, lo más profundo que pudo. No sintió nada en especial continuó con movimientos desenfrenados, hasta que agotado y sudoroso se dio por satisfecho. Las cerró bruscamente, sin pensar en los favores que le proporcionaron. Se quitó las gafas, se restregó profusamente los ojos, con un pañuelo se limpió el sudor de la frente, se sacudió el polvo de las manos. Estaba satisfecho, era su primera vez y lo había hecho bien. Al momento que encendía un fósforo para darse placer con un cigarrillo, escuchó una voz que le gritaba “¡Apague esa babosada!”. Sobresaltado sopló violentamente al pobre pedacito de madera con cabeza roja y guardó sus cigarrillos. Frotó sus manos, se acomodó el pantalón, luego la camisa. Las tomó con cuidado y las depositó en el compartimiento que le correspondía. Las entregó con firmeza a la señora de la recepción, quien le vio como siempre le miraba, con recelo; y le espetó con una sonrisa irónica: “Espero que esta vez sí se vaya satisfecho”. A lo que aquel cansado hombre respondió: “Ud. no tiene ni la más remota idea de lo difícil que es ser historiador”.
Dictum
Mi quería tía abuela, la misma que afirmaba haber padecido “la vida de Cristo”, cada vez que veía a uno de nuestros gatos, blandía otro de sus inmortales dictum: “¡Ay no! Si esos gatos parecen marimba tapada, con razón siempre están pidiendo comida, si m’hijo, el hambre es un fuego”.
Así que el hambre es un fuego. Que bella es la metonimia, pues al comerse las palabras, si bien, es posible que no aplaque el hambre felina; nos abre el apetito del inconsciente.
Así que el hambre es un fuego. Que bella es la metonimia, pues al comerse las palabras, si bien, es posible que no aplaque el hambre felina; nos abre el apetito del inconsciente.
Elocuente
“¡Un pene parado no tiene seso!” Cuanta razón tenía quien lo dijera... ¡Pero Dios santo! ¡¿En qué diablos estoy pensado?!
Sentido común
Se cuenta que en un Colegio, había una niña que le sangraba tanto, pero tanto la nariz que en vez de estudiar en el Liceo, decían, debería estudiar en el Sagrado.
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