viernes, 10 de abril de 2009

Beso Ausente

Mi querido Querido: aunque mucho te he amado, todo tiene que terminar. Terminar como terminaste tú. Bañado en tu sangre fría, azul, príncipe mendigo. ¿Fueron días felices? No lo sé ¿Tú lo sabes? Ahora que yaces en ti mismo, sobre ti mismo ¿Tú lo sabes? Ven y dime, ¿Hay un más allá? ¿Hay un más acá? Tú que tanto te jactaste de tu ateismo, ¿Ahora crees en Dios? ¿En Dios? Espero que sí, pues siempre te tendré en mis oraciones. Recuerda que no lo hice con malicia, era necesario, como tú mismo me dijiste. Necesario terminar con tu ego, era demasiado para lo insignificante que eras. ¿Te amé? ¿Tú que crees? Te amé con todas mis entrañas, con cada parte de mi cuerpo, por eso lo hice. No soportaba que siguieras la lista siniestra, ese síntoma que siempre cargas encima, te estaba pudriendo, y yo, no quería carroña, quería-te con todo y con nada, pero no carroña; esa se la dejo a los buitres que siempre nunca te recordarán. ¿Recuerdas nuestro primer beso? Yo me estremezco cada vez que lo recuerdo. ¿Cuánto te amé? ¿Sabes cuánto? ¡Claro que no sabes cuánto! Siempre me viste como un trofeo más, como un pedazo de carne más, que deglutiste y que te sació, lo que te sobró lo lanzaste a la calle. ¿Cómo pudiste? ¿Cómo pudiste hacerme esto? ¿Hacernos esto? Te amé, sí, y no sabes cuánto. Por eso necesitaba ver, si aún corría sangre por ese duro corazón, que tantas veces me ofreciste y que yo acepté con locura. Me desintegraba en tus brazos, en tus labios, en el fuego de tu pecho. ¿Crees en Dios ahora? Ahora veo que no creíste en nada, ahora que eres nada, nadie. Cuando acariciabas mi cuerpo, cuando estabas en mí, yo veía a Dios, creía en Dios, creía en tus idioteces, tus idioteces del amor y la felicidad, en que era de ti y tú de mí. Cuánto te amaba ¿Y tú? ¿Me amabas? ¿Cuánto?
Necesitaba ver tu corazón y sentir si era humano, necesitaba probar tu sangre fría y azul, principesca, bañada en tu narcisismo. Ahora que ya no estas ¿Piensas en mí? Yo que ahora no estoy, pienso en ti. Créeme que escribo estas líneas con el rostro bañado en lágrimas y mi cuerpo clamándote, una vez más, tan solo una vez más, el ritmo de tus venas era para mí el sonido de una romanza, una que solo escribías para mí. Tú eras todo para mí, pero tu maldito síntoma que cargabas encima no te permitía entregarte, no te bastaba, tenías que regurgitarme. ¿Cuántas veces? No lo sé. Comer y regurgitar. Eras un bulímico de amor, un anoréxico de caricias. Lloré, lloré hasta secarme porque vi que tu sangre no era fría y azul como la de un príncipe reptil. Era roja y caliente como la mía, y lloré al ver tu tierno corazón dando sus últimos adioses. ¿Crees ahora en Dios? Yo siempre creí, pues al verte lo veía. Ahora que eres nada, mi Dios se ha ido y se ha llevado todo mi ser, mi sangre, mi vida, mi alma. Estúpidamente te besé hasta el cansancio para ver si resucitabas. Pero ahora veo que eras un mortal, jugando a ser Dios. ¡Mi Dios ha muerto! ¡Tú has muerto! ¿Qué me queda? Sólo me queda lo único que dejo en este ensangrentado papel, lo escribo con mi pluma de tinta verde, verde porque siempre pensé que al escribir en verde recordaba que lo último que se va es la esperanza, y es mentira, ahora lo veo, lo primero que se va es la esperanza.
Mi recuerdo para ti será un beso, en el rojo carmesí que tanto te gustaba verme, solo eso te dejo, porque solo eso me diste, solo eso te doy, un beso, un beso ausente, ausente de ti.
Quien te quiere, te recuerda y te ama.

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